28 de marzo 2025
La evolución de la tecnología y la sociedad han producido a lo largo de la historia el surgimiento y desaparición de sectores económicos y culturales que durante un tiempo marcaron los lugares donde se desarrollaron. En los últimos dos siglos los vestigios de patrimonio industrial en Castilla y León son numerables, de algunos sectores desaparecidos incluso hace unas pocas décadas como la minería en Palencia. ARPI es una asociación que trabaja por la conservación de este patrimonio industrial del norte de Palencia como «paisaje cultural» y recurso económico para la comarca. En Castilla y León Importa hemos hablado con José Luis Ruiz Diego, representante de ARPI para conocer la relevancia y el potencial de este recurso cultural incipiente.
CyL Importa. La zona norte de la provincia de Palencia es conocida por su románico y por su riqueza natural. ¿Es el patrimonio industrial un recurso por explotar?
José Luis Ruíz Diego. Sin duda. Desde el segundo tercio del siglo XIX y hasta los inicios del siglo XXI la explotación del carbón fue la principal actividad económica de muchos municipios norteños transformando sus modos de vida, el paisaje, las comunicaciones e incluso el urbanismo. Desde la perspectiva histórica fue un tiempo corto, pero muy intenso, cuya huella física y humana es aún muy perceptible, constituyendo una de las señas de identidad de la comarca.
C.I. ¿Por qué es importante conservar y difundir el patrimonio industrial?
J.R. El patrimonio industrial es testimonio de una actividad que condicionó la vida de muchos lugares y personas. Hoy, esas estructuras son reliquias de un pasado reciente, pero –como ocurre con el románico y las gentes de la Edad Media- nos ayudan a explicar unos procesos históricos que fueron importantísimos en los dos últimos siglos, y no solo en estas comarcas, sino para toda España, porque en nuestro país supuso el inicio de la revolución industrial y una profunda transformación de la sociedad. El patrimonio industrial, como otros patrimonios, no son meras construcciones más o menos llamativas, sino el testimonio de una época y de unos modos de vida y de trabajo diferentes y muy especializados.
C.I. En el caso concreto de la Cuenca del Rubagón, ¿qué patrimonio industrial se conserva y en qué estado se encuentra?
J.R. En la Cuenca del Rubagón hay dos zonas, aunque en realidad constituyen un mismo conjunto ya que están físicamente unidas, si bien originalmente se diferenciaron porque fueron empresas distintas las que las empezaron a explotarlas. El nombre que se les dio entonces fue el Coto de Barruelo y el Coto de Orbó, con un conjunto de minas abiertas en el entorno de estos dos pueblos. En el Coto de Barruelo hay varios lugares emblemáticos destacando el propio Cerco Industrial que se encuentra en el centro de la localidad (bastante deteriorado, por cierto, porque sigue en manos de la empresa minera), el Barrio Helechar (un poblado surgido para alojar a los mineros) y los emblemáticos pozos Peragido y Calero, este último también en manos de la misma empresa. A todo esto hay que añadir, aunque no forman parte en sentido estricto del patrimonio industrial, el CIM (Centro de Interpretación de la Minería) y la Mina Visitable, dos estructuras modernas que se crearon para explicar esa actividad. En el Coto de Orbó hay que destacar la antigua Colonia Obrera de las Minas de Orbó, denominada a partir de 1954 como Vallejo de Orbó, nacida como poblado minero, con un conjunto de edificaciones singulares (cuarteles mineros, casa de la dirección, cuartel de la Guardia Civil, farmacia, sanatorio, capilla…), a las que hay que añadir las estructuras de explotación, como son el Pozo Rafael, la Bocamina San Ignacio, la central eléctrica, el Canal Subterráneo o los Lavaderos de carbón. Es en el Coto de Orbó donde ARPI está desarrollando su actividad principal.
C.I. En uno de sus estudios sobre la Cuenca del Rubagón habla de «paisaje cultural». Es un concepto cada vez más valorado a la hora de conservar y difundir un territorio. ¿En qué consiste un «paisaje cultural»?
J.R. Nos podemos encontrar con muchas definiciones de paisaje cultural, pero para nosotros es la simbiosis entre la actividad humana y la naturaleza. Esto puede ser entendido de una manera muy amplia porque en realidad todo puede ser paisaje cultural, pero en el caso de la minería, como actividad extractiva que fue, hubo una gran interacción entre la naturaleza, que aportó el recurso, y la mano del hombre, que lo explotó y modificó el entorno. Los restos de esta actividad, ya desaparecida en nuestra comarca, están siendo devueltos gradualmente a esa naturaleza, a veces con ayuda humana, pero otras muchas por la evolución de esa misma naturaleza, que se adueña de lo que fue suyo. Un paseo por las estructuras conservadas nos pone de manifiesto este vínculo estrecho, de modo que el paisaje actual del Rubagón no se entiende sin las estructuras mineras ni estas se entienden sin el paisaje y la geología que las rodea. Un caso similar, aunque mucho más lejano en el tiempo, podría ser el de las Médulas, resultado de una intervención humana muy profunda, pero con una carga cultural y de conocimiento importantísima, todo lo cual ha construido un paisaje muy singular, hasta el punto de ser en la actualidad Patrimonio Mundial de la Unesco.
C.I. ¿Y qué caracteriza el paisaje cultural de esta zona de Palencia?
J.R. Lo primero que caracteriza a este paisaje es su geología, caracterizada por el Estratotipo Barrueliense, que es el que configura las venas carboníferas y da origen a la explotación. En segundo lugar la propia articulación del paisaje, que condicionó las explotaciones, la ubicación de las minas y la disposición de las estructuras industriales. En tercer lugar podemos hablar del sistema de población, caracterizado por pequeños núcleos de origen medieval que en varios casos tuvieron que transformarse profundamente para acoger a todas estas instalaciones, incluso creándose nuevos núcleos, más especializados, para albergar a la numerosísima mano de obra necesaria. Si en los pueblos de la Montaña Palentina que no vivieron la minería su morfología es claramente medieval, en los pueblos mineros la morfología es muy distinta, condicionada por estas explotaciones.
El paisaje actual del Rubagón no se entiende sin las estructuras mineras ni estas se entienden sin el paisaje y la geología que las rodea. Un caso similar, aunque mucho más lejano en el tiempo, podría ser el de las Médulas, resultado de una intervención humana muy profunda, pero con una carga cultural y de conocimiento importantísima, todo lo cual ha construido un paisaje muy singular, hasta el punto de ser en la actualidad Patrimonio Mundial de la Unesco.
C.I. El sector minero fue muy relevante para esta zona de Palencia y otras zonas de Castilla y León, pero ha desaparecido en las últimas décadas. ¿Cómo marcó la minería la identidad de este territorio?
J.R. Desde mediados del siglo XIX estos pueblos dejaron su actividad secular (la agricultura y la ganadería), para, en un cortísimo espacio de tiempo, transformarse en centros industriales en los que, además de la actividad minera, había otras muchas complementarias, artesanías y servicios que daban cobertura a la vida del minero, quien, además, tenía un poder adquisitivo bastante mayor que el que podían tener sus vecinos agricultores o ganaderos. Durante más de 150 años estas localidades transformaron radicalmente su fisonomía y su vida siendo grandes receptoras de mano de obra llegada de otras regiones, lo que las convirtió en núcleos más abiertos y tolerantes. Hoy todavía son numerosos los apellidos asturianos, navarros o vascos en la comarca y aún es perceptible ese carácter más acogedor en los pueblos que fueron mineros.
C.I. ¿Hay sensibilidad entre la población por conservar y difundir el patrimonio minero o todavía existe el sentimiento de que no es algo que pueda interesar a nivel turístico?
J.R. Es cierto que sigue existiendo un sentimiento de cierta melancolía que puede llevar a la desidia y al abandono, añorando los buenos tiempos pasados, siempre mejores. Hay que tener en cuenta que Barruelo de Santullán llegó a tener más de 8.000 habitantes (hoy no llega a los 1.000) y que Vallejo de Orbó rondaba los 2.000 (hoy apenas llega a los 100), y que todo se truncó brutalmente en la década de 1970. El pesimismo es muy comprensible, especialmente entre quienes vivieron aquellos tiempos, pero ya ha habido una renovación generacional y ahora los hijos e incluso los nietos de quienes trabajaron en la mina no ven aquel tiempo con melancolía, sino con orgullo de lo que fue, un orgullo que además les toca muy de cerca, porque han oído a sus padres o a sus abuelos hablar de la mina y ahora ellos quieren mantener esa memoria viva. El trabajo de ARPI consiste sobre todo en esto, devolver la mina y su memoria a la gente de esta comarca, recuperando lo material e inmaterial que aún sea posible y poniéndolo a disposición de la sociedad, porque esta etapa histórica, explicada adecuadamente, por su complejidad y riqueza cala en cualquiera que la visita o la escucha. En los últimos años la añoranza se va transformando en proyección hacia el futuro, aunque es cierto que aún queda mucho trabajo por hacer.
C.I. ¿Sigue existiendo esa creencia de que es muy importante conservar patrimonio industrial con muchos siglos de antigüedad pero que no es tan relevante no dejar perder el patrimonio industrial que estuvo en servicio hasta hace unos pocos años?
J.R. Creo que esta idea, al menos para quienes trabajamos en la gestión del patrimonio, ha cambiado ya, aunque quizás a nivel popular siga existiendo la idea de que cuanto más antiguo más valioso. Desde la Ley de Patrimonio Histórico Español de 1985 dejó de hablarse de Monumento Histórico-Artístico para pasar a hablarse de Bien de Interés Cultural (BIC), es decir, que la categoría monumental o artística dejó paso al interés cultural, y este interés cultural puede hallarse en estructuras no monumentales, que no tengan cualidades artísticas, ni tengan siglos de antigüedad. Es decir, que ahora su protección emane de su singularidad o de la importancia que han tenido en la sociedad, independientemente de su belleza o antigüedad. Esto lo sabe mucha gente, por eso hoy proliferan las asociaciones que se dedican a la defensa de cualquier tipo de actividad y de las estructuras construidas que las albergaron. Por eso mismo las administraciones públicas están ampliando sus perspectivas, aportando fondos públicos para la conservación de un patrimonio mucho más amplio, entre el que se encuentra el de carácter industrial.
C.I. ¿Y en qué medida apoyan las administraciones la conservación y difusión de este patrimonio industrial?
J.R. Como acabo de decir, estamos viviendo en los últimos años un apoyo por parte de las administraciones hacia la conservación de este patrimonio y hacia su divulgación. Cada vez se editan más publicaciones que muestran la riqueza de nuestro pasado industrial y cada vez se apoyan más proyectos de rehabilitación, aunque es cierto que esto último ocurre sobre todo en entornos urbanos, donde puede ser más fácil dar un uso continuado a esas estructuras y facilitar su gestión. En el medio rural todo es mucho más complejo y lento, pero somos conscientes de que esto es una carrera de fondo en la que hay que mantenerse constantes y pacientes.
C.I. ¿Existe ya en la actualidad turismo para conocer el patrimonio industrial minero? ¿Es ya un recurso turístico para la zona?
J.R. Hay diversos puntos en España donde el turismo de este tipo tiene cierta relevancia (Almadén, Riotinto, algunos lugares de Asturias…), pero estamos aún en un momento incipiente, porque este fenómeno ha arrancado apenas hace dos décadas, como mucho. En el caso de la Cuenca del Rubagón estamos aún en fases todavía más embrionarias, diríamos que dando los primeros pasos. En estos momentos el catalizador de las visitas turísticas en el Centro de Interpretación de la Minería de Barruelo, un lugar con un continuo goteo de visitantes, pero que necesita reformarse, ampliar sus instalaciones y dotarse de más personal. Las actividades que desarrolla ARPI hasta ahora han sido mucho más comedidas, por la limitadísima capacidad de nuestra asociación para gestionar visitas, aunque en estos momentos estamos desarrollando un proyecto para tener un centro de recepción de visitantes, que trabaje en coordinación con el CIM de Barruelo. Lo que sí hemos sentido en los dos últimos años especialmente es un aumento del interés por conocer la cultura de la mina, de modo que cada vez son más las personas o los grupos que nos solicitan visitar las instalaciones que hasta la fecha hemos recuperado. En un futuro esperemos que este interés sea mayor y que sirva de complemento al turismo de naturaleza, de románico o de simple ocio por el que la comarca es tan conocida.
C.I. ¿Qué puede visitarse en la actualidad y que actividades pueden realizarse?
J.R. Las estructuras mejor dispuestas para conocer el patrimonio minero son, como venimos diciendo, el CIM de Barruelo, con su Mina Visitable, cuyo personal es el mayor experto en el pasado minero de la comarca. También hay habilitado un sendero por el Estratotipo Barrueliense, con distintos paneles explicativos en diversos puntos. En el caso del Coto de Orbó, ocasionalmente ARPI organiza visitas guiadas por el poblado de Vallejo de Orbó, bajo demanda o en jornadas de puertas abiertas, puede visitarse la vivienda imagen que “recrea” la forma de vida de los mineros a mediados del siglo pasado y aún estamos en proceso de obra para acondicionar algunos espacios de cara a una apertura futura. De momento se han preparado algunos puntos de información en determinados edificios de Vallejo de Orbó para que el visitante pueda conocer su historia y características sin necesidad de visita guiada.
C.I. ¿Cuál es la necesidad más urgente para no perder este patrimonio industrial? ¿Sería necesaria alguna intervención urgente para evitar pérdida de patrimonio?
J.R. Habría que dar al menos cinco pasos imprescindibles: el primero tener un catálogo completo de todo este patrimonio, el segundo definir prioridades de acuerdo a una serie de circunstancias (importancia, propiedad, riesgo…), el tercero intervenir de forma continuada para evitar que lo que aún tenemos pueda desaparecer, el cuarto crear un centro de gestión con la suficiente capacidad económica y humana para hacer un seguimiento continuado y el quinto establecer un plan de divulgación para que este recurso se convierta en un producto rentable, tanto socialmente como económicamente. Para todo ello es imprescindible no solo la colaboración entre las distintas administraciones, sino también la de la sociedad civil, de las gentes de la comarca, quienes, al final, son los beneficiarios en primera instancia de todo eso. Desde ARPI trabajamos para que algún día se pueda conseguir esa complicada alianza, para que esto no sea una simple carta a los Reyes Magos.
Desde ARPI hemos solicitado una subvención al Ministerio de Cultura para extender el Festival en Espacios Olvidados a otros lugares de Castilla y León, Asturias, Aragón, Cataluña y Andalucía. Empezar por la fiesta puede ser un buen principio.
C.I. ¿Qué proyectos impulsan desde la Asociación ARPI para impulsar esta zona de Palencia?
J.R. ARPI trabaja en numerosos frentes, que podríamos resumir en tres grandes líneas: la rehabilitación de estructuras, la recuperación de la memoria de la mina y la divulgación de lo que fue la actividad minera. Para ello realiza una serie de actividades que pasamos a enumerar someramente. En el apartado de rehabilitación podemos citar la recuperación de la Bocamina San Ignacio, del Pozo Rafael, la limpieza de la Dársena del Canal Subterráneo de las Minas de Orbó, la recuperación de un antiguo horno de cal o la rehabilitación de una antigua vivienda minera, amueblada al modo de los años 40-60 del siglo pasado; asimismo está en proyecto la limpieza de un tramo del antiguo ferrocarril minero Barruelo de Santullán-Quintanilla de las Torres para uso didáctico y recreativo y la recuperación de la capilla de Santo Domingo, en Vallejo de Orbó, para convertirla en un centro de actividades culturales. En el ámbito de la memoria de la mina, desde hace años se han realizado entrevistas grabadas a viejos mineros (muchos de ellos fallecidos en la actualidad) para que contasen su actividad y su día a día, grabaciones que se han depositado en el Museo de la Siderurgia y de la Minería de Sabero, un lugar que se va configurando como el gran centro de referencia de la historia de la minería en Castilla y León; además se han realizado algunos documentales, se ha recogido documentación dispersa y, en estos momentos está en proyecto publicar un facsímil de la Monografía de la Colonia Obrera de las Minas de Orbó, editada originalmente en 1920 y que saldrá a la calle en breve. Por lo que respecta a la divulgación, ARPI asiste habitualmente a ferias y congresos, organiza periódicamente unas Jornadas sobre Paisajes Mineros y mantiene estrechos vínculos con otras organizaciones que trabajan en este mismo ámbito; además, y gracias a unas serie de ayudas de las administraciones (sobre todo de la Junta de Castilla y León y de la Diputación de Palencia), en próxima fechas editaremos un libro sobre fotografías antiguas de mineros, montaremos una exposición itinerante sobre el mismo tema, editaremos un amplio folleto sobre los recursos turísticos de la zona, desde la perspectiva del patrimonio industrial, y produciremos un documental sobre este mismo asunto. Asimismo, como actividades complementarias, ARPI organiza ocasionalmente conciertos de música en estos ámbitos patrimoniales, bajo el nombre genérico de FEO (Festival en Espacios Olvidados) y, en torno a la festividad de Santa Bárbara (4 de diciembre), un concurso de ollas ferroviarias y la Procesión de las Antorchas, un acto que cada vez concita más asistencia en Vallejo de Orbó.
C.I. Castilla y León tiene un amplio catálogo de patrimonio industrial en todas sus provincias con vestigios de sectores como el minero, textil, harinero… ¿Hay colaboración entre todas estas zonas para potenciar este tipo de turismo?
J.R. Desgraciadamente la colaboración es muy escasa y, cuando se da, se fundamenta en relaciones personales, sin que exista una coordinación desde las administraciones. Arriba hablábamos de que ARPI mantiene estrechas relaciones con algunos grupos (y no solo de Castilla y León), pero, como decimos, parten de vínculos entre personas y no suelen llegar a colaboraciones estrechas que se traduzcan en proyectos conjuntos; es una de las grandes asignaturas pendientes. Conscientes pues de que esto es un gran déficit para todos, desde ARPI estamos muy interesados en que esto cambie y, en ese sentido, recientemente hemos solicitado una subvención al Ministerio de Cultura para extender el FEO a otros lugares de Castilla y León, Asturias, Aragón, Cataluña y Andalucía. Empezar por la fiesta puede ser un buen principio.


